El lujo aprendió a callar.

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Después de una década en la que todo se enseñaba sin pudor ninguno, el lujo descubrió el poder de la discreción.

Los ochenta habían sido una fiesta, y, como ocurre con algunas fiestas, llegó un momento en que alguien tuvo que apagar la música.

Después de una década de colores eléctricos, logotipos, lentejuelas, volumen, hombreras, sí, muchas hombreras, y una cierta obsesión por demostrar que más siempre significaba mejor, los noventa llegaron con una idea bastante revolucionaria: ¿Y si no enseñamos nada?

No fue exactamente así de sencillo, claro. Pero la moda empezó a comportarse como quien, después de una noche demasiado larga, abre las ventanas, respira, se cepilla el pelo, se pone hidratante, sale y pide un café. El lujo aprendió a ser silencioso, y lo hizo con una camiseta blanca.

Como los años ochenta habían convertido la ropa en una declaración pública, el diseñador debía ser reconocible, la marca visible y la silueta memorable. Por eso pasamos del “mírame” al “si sabes, sabes”. Los noventa cambiaron las reglas.

La moda empezó a eliminar todo aquello que no consideraba necesario. Las líneas se limpiaron, los colores se apagaron y los tejidos adquirieron un protagonismo que antes había ocupado el adorno.

El negro se convirtió prácticamente en uniforme intelectual, el gris empezó a parecer sofisticado, el blanco volvió a ser importante, el beige dejó de ser el color de una pared de despacho para convertirse en un tono imprescindible en nuestro armario

Y apareció una nueva idea de lujo, no parecer que estás intentando demostrar que tienes dinero.

Esto hoy nos parece familiar porque vivimos rodeados de expresiones como quiet luxury, stealth wealth o old money, pero esta corriente de los noventa era anterior a TikTok, y a las adolescentes explicándonos qué bolso debemos llevar para parecer que tenemos una casa en los Hamptons.

El mensaje era mucho más sencillo, si la prenda es extraordinaria, no necesita gritarlo.

Calvin Klein entendió muy pronto que la sensualidad no necesitaba toneladas de tejido ni decoración. Sus vestidos, camisetas, ropa interior y campañas construyeron una estética reconocible basada precisamente en lo contrario: cuerpos ligeros, líneas limpias, colores sobrios y una imagen aparentemente sencilla.

La provocación ya no estaba necesariamente en lo que se añadía, sino en lo que se dejaba al descubierto, y eso cambió la relación entre moda, publicidad y deseo. La ropa podía ser sexy sin parecer diseñada para una fiesta de fin de año en 1987.

Y si alguien convirtió la austeridad en una disciplina ese fue Jil Sander, que consiguió que una camisa blanca se convirtiera en una prenda de lujo. Cortes impecables, materiales extraordinarios, colores sobrios y una ausencia casi radical de decoración.

Cuanto más sencilla parecía una prenda, más difícil era hacerla bien. Un vestido cubierto de bordados puede esconder muchas cosas, una chaqueta perfectamente cortada no perdona absolutamente nada. El minimalismo convirtió la confección en protagonista. La calidad dejó de estar necesariamente en aquello que se veía y empezó a estar en aquello que se sentía.

Helmut Lang llevó esa depuración a otro terreno. Su moda hablaba de una nueva década: urbana, tecnológica, funcional y menos interesada en la fantasía excesiva. Había prendas que parecían casi uniformes. Abrigos espectaculares, pantalones rectos, tejidos técnicos, colores neutros. La moda empezaba a parecerse a la ciudad que la rodeaba.

Y mientras tanto, Nueva York se convertía en uno de los grandes escenarios de aquella nueva estética. Era el sitio.

Prada hizo algo todavía más interesante, utilizó nylon, colores apagados, formas aparentemente poco favorecedoras, prendas que no buscaban convertirse inmediatamente en objeto de deseo. Miuccia Prada entendió que el lujo podía ser además intelectual. No tenía que decir: “Mira qué espectacular soy”, sino que podía decir: “¿Has entendido lo que estoy haciendo?” Y si no lo entendías, tampoco pasaba nada.

Probablemente ahí estaba parte de la gracia.

La gran transformación de los noventa no fue únicamente estética, también cambió la manera de entender el estatus. Durante los ochenta, el logotipo podía funcionar como una especie de megáfono social. En los noventa comenzó a aparecer otra posibilidad: que solamente lo reconociera quien sabía reconocerlo.

El buen tejido, el corte, la procedencia, la construcción, el diseño, el corte, el patronaje, la discreción. Una prenda podía costar muchísimo dinero y, desde tres metros de distancia, parecer sencillamente… una camisa.

Y aquí encontramos uno de los grandes secretos del lujo, cuando el precio deja de ser evidente, el conocimiento se convierte en parte del producto. No necesitas que todo el mundo sepa que llevas determinada firma, tan solo lo sabrá quien tú quieras que lo sepa, el resto puede pensar que simplemente tienes muy buen gusto.

La estética minimalista necesitaba nuevas musas y así aparecieron: Kate Moss, Carolyn Bessette-Kennedy, Gwyneth Paltrow o modelos de una nueva generación que representaban una belleza muy diferente de la exuberancia de los ochenta.

El maquillaje parecía desaparecer, el cabello parecía casual, los vestidos parecían sencillos, y, naturalmente, conseguir que algo pareciera casual requirió muchísimo trabajo, porque esa es otra de las grandes bromas del minimalismo: parecer que no te has esforzado puede requerir muchísimo esfuerzo.

El vestido lencero que parecía que habías encontrado en el armario después de dormir cuatro horas podía estar perfectamente estudiado, la camiseta blanca tenía que caer exactamente como debía, el pantalón tenía que tener la proporción perfecta, y ese “me he puesto cualquier cosa” podía costar bastante más que el “me he puesto todo”.

Reducir el minimalismo de los noventa a “ropa sencilla y colores neutros” sería quedarse en la superficie, fue algo mas, fue una reacción cultural, una respuesta a un momento económico diferente, una transformación del gusto. Pero sobre todo, fue una nueva manera de entender qué podía significar el lujo.

La década anterior había demostrado que la moda podía ser espectáculo, los noventa demostraron que también podía ser silencio. El diseñador ya no tenía necesariamente que demostrar cuánto podía añadir, sino cuánto podía eliminar sin perder nada por el camino, y eso es bastante más complicado, porque cualquiera puede poner otra lentejuela, lo difícil es saber cuándo quitarla.

Treinta años después, hablamos de quiet luxury como si hubiéramos descubierto algo completamente nuevo, pero la moda tiene una memoria extraordinaria, lo dicho en el primer post, volvemos again and again,

La estética que hoy asociamos con The Row, ciertos códigos de lujo discreto o el regreso de prendas sin logotipo tiene precedentes muy claros en aquella década. La diferencia es que hoy el silencio también se ha convertido en contenido.

Publicamos una fotografía de un bolso sin logo para explicar que no necesitamos logos, grabamos un vídeo para contar que no queremos llamar la atención, y hacemos un reel de 45 segundos explicando por qué el verdadero lujo consiste en no explicar nada.

Los noventa probablemente habrían encontrado todo esto ligeramente divertido porque su gran lección era precisamente otra: el lujo no necesita demostrar que es lujo. Puede estar en un abrigo negro, en una camisa blanca, en un pantalón perfecto, en un tejido extraordinario, en una prenda que nadie reconoce inmediatamente y en esa sensación maravillosa de saber algo que no todo el mundo conoce.

Después de una década que lo enseñó todo, el lujo aprendió a callar, y quizá por eso seguimos escuchándolo.

Bibliografía y fuentes:

The Metropolitan Museum of Art. Minimalism and Fashion. Nueva York: The Metropolitan Museum of Art. Materiales de investigación sobre el minimalismo, su relación con las artes visuales y su influencia sobre la moda de finales del siglo XX.

The Museum at FIT. Minimalism/Maximalism. Nueva York: Fashion Institute of Technology. Exposición y materiales sobre la oposición entre minimalismo y maximalismo y sobre la evolución de ambos lenguajes en la moda.

The Museum at FIT. Reinvention and Restlessness: Fashion in the 1990s. Nueva York: Fashion Institute of Technology. Documentación sobre la moda de los años noventa, el cambio cultural de la década y la transformación de las siluetas y los códigos estéticos.

Victoria and Albert Museum. Fashion in the 1990s. Londres: Victoria and Albert Museum. Materiales sobre la evolución de la moda durante la década, la influencia de la cultura urbana y el desarrollo de nuevas formas de vestir.

Vogue. The 1990s: Minimalism. Nueva York: Vogue. Archivo editorial sobre el minimalismo de los años noventa y los diseñadores que contribuyeron a definir su estética.

Vogue. Jil Sander. Nueva York: Vogue. Perfil y documentación sobre la diseñadora y su papel fundamental en la construcción de una estética basada en la precisión, la calidad de los materiales y la ausencia de ornamentación.

Prada. Prada Group: History and Archive. Milán: Prada Group. Materiales sobre la evolución de Prada y la transformación de sus códigos estéticos durante las décadas de 1980 y 1990.

Helmut Lang. Helmut Lang Archive. Viena/Nueva York. Archivo de la trayectoria del diseñador y documentación sobre su influencia en la estética minimalista, urbana y funcional de los años noventa.

Calvin Klein. Calvin Klein: Our History. Nueva York: Calvin Klein. Archivo corporativo y materiales históricos sobre la evolución de la firma, su estética minimalista y su influencia sobre la moda y la cultura visual de los años noventa.

The Metropolitan Museum of Art. The Costume Institute Collection. Nueva York: The Metropolitan Museum of Art. Colecciones y materiales de investigación sobre diseñadores y prendas representativas de la moda de finales del siglo XX.

The Business of Fashion. Quiet Luxury. Londres: The Business of Fashion. Análisis de la evolución del concepto de lujo discreto y de sus antecedentes en la historia reciente de la moda.

The New York Times. Fashion Archive: The 1990s. Nueva York: The New York Times. Archivo de artículos y crítica contemporánea sobre el cambio de sensibilidad estética, el minimalismo y la transformación de la industria de la moda durante la década.

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